miércoles, 7 de marzo de 2012

1 CARTA A LOS CORINTIOS. IV. OTRA CONSULTA: ¿SE PUEDE COMER CARNE SACRIFICADA? LIBERTAD, SÍ, PERO CON CAUTELA. 8,1-13.

        1Acerca de la carne de los sacrificios: "todos tenemos conocimiento", ya lo sabemos. (El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor). 2Quien se figure haber terminado de conocer algo, aún no ha empezado a conocer como es debido. 3En cambio, al que ama a Dios, Dios lo reconoce.
             4Esto supuesto, en lo de comer carne de los sacrificios sabemos que en el mundo un ídolo no representa nada y que nadie es Dios más que uno; 5pues aunque hay los llamados dioses, ya sea en el cielo, ya en la tierra -y de hecho hay numerosos dioses y numerosos señores-, 6para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un sólo Señor, Jesús Mesías, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros.
             7Sin embargo, no es de todos ese conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y su conciencia, por estar insegura, se mancha.
            8No será la comida lo que nos recomiende ante Dios: ni por privarnos de algo somos menos, ni por comerla somos más; 9pero cuidado con que esa libertad vuestra no se convierta en obstáculo para los inseguros. 10Porque si uno te ve a ti, "que tienes conocimiento", sentado a la mesa en un templo, ¿no se envalentonará su conciencia insegura y todo, y comerá carne del sacrificio? 11Es decir, que por tu conocimiento irá al desastre el inseguro, un hermano por quien el Mesías murió.
          12Al pecar de esa manera contra los hermanos, haciendo daño a su conciencia insegura, pecáis contra Cristo. 13Por esa razón, si un alimento pone en peligro a un hermano mío, nunca volveré a probar la carne, para no poner en peligro a mi hermano.

EXPLICACIÓN.

1-13.     El problema debía de ser común en Corinto, pues en las carnicerías se vendía la carne de animales sacrificados que no había sido utilizada en los templos; otras veces, el oferente invitaba a sus amigos a consumir, en un banquete celebrado en el templo, la carne sobrante del sacrificio. Al cristiano no le basta ser consciente e la propia libertad ha de saber utilizarla como vehículo del amor (1-3).

            La cuestión en sí misma es un falso problema, pues los ídolos no son nada y los sacrificios ofrecidos a ellos no cambian en nada el alimento. Podía, sin embargo, crear problema a los cristianos de tradición judía e incluso a paganos recientemente convertidos, que no se habían emancipado del todo de las creencias anteriores (4-7).

           Lo que uno come o deja de comer no tiene nada que ver con Dios; el cristiano es libre, pero su libertad debe ir guiada por el amor; no se puede hacer daño a los que no están aún libres de la antigua mentalidad (8-11). El Señor toma como propio el daño hecho a otros (12). Propósito tajante de Pablo (13).

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